Comunicadora
SI LLUEVE
Noviembre 2019
Cuando llegaba el calor a Buenos Aires, papá nos llevaba a andar a caballo entre los médano. Su familia tiene un campo en Necochea , y nosotros tuvimos la suerte de disfrutar todas las vacaciones del pelo salado y las narices descascaradas. Eran los quince días más perfectos del año, y la felicidad de verano se negaba a irse. Parecía querer quedarse entre la arena que arrastrábamos por el cuero cabelludo con nuestras uñas, muchas semanas después de que nos pusiéramos el uniforme de colegio y que mamá guardase los trajes de baños y bombachas de campo en la parte de arriba del ropero.
La playa estaba buenísima, pero lo mejor llegaba a las siete de la tarde, cuando bajábamos de la casa al corral con papá a agarrar los caballos. Él tiene una teoría que, por suerte, el destino ha querido que confirmemos: los chicos tienen el mejor instinto de supervivencia. Siguiendo esa premisa, nos llevaba a recorrer el campo por caminos imposibles: selvas de cortaderas, bordes de tembladerales y precipicios de arena.
Nuestra pequeña expedición de aventureros recorría todos los peligros con risas mitad alegres, mitad nerviosas. Bautizábamos todos los rincones que descubríamos con nombres especiales. Así, creamos un mapa imaginario, jamás dibujado, que incluía “El Valle de la Luna”, “El Camino de los Lobos” y “El Valle de los Melilotus”. Expertos en cartografía amateur, nos peleábamos por elegir el nombre que mejor describiera el nuevo mundo conquistado.
Pero los peligros no eran pocos, y el peor, quizá, era una amenaza del cielo. Se anunciaba con un calor pesado, que luego cambiaba a un viento helado, nos arrancaba de las vacaciones y nos llevaba directo a la Antártida. El cielo se manchaba de distintos grises y negros, la arena volaba de las puntas de los médanos. Los truenos retumbaban atrás del bosque de pinos. Y, entonces, solo cuando ya había logrado que nos moviéramos preocupados sobre los cueritos y mirásemos con desesperación a papá (que siempre parecía muy tranquilo sobre su montura de grande), llegaba la lluvia.
Las gotas congeladas dolían. Los pequeños exploradores nos escondíamos adentro de nuestras camperas y amenazábamos con llorar. Pero nuestro líder sabía cómo infundir esperanza cuando los ánimos tambalean y los conquistadores extrañan su casa y a su mamá.
Papá San Martín emprendía el galope por El Valle de los Melilotus, mientras nos contagiaba su grito de guerra: “Si llueve… ¡nos mojamos!”. Y, de repente, las lágrimas se escondían, y lo único que empapaba nuestros cachetes era un poco de agua fría, que, ahora, no podía hacernos nada. Los valientes exploradores seguíamos conquistando nuestro pequeñísimo eterno mundo arriba de nuestros fieles caballos: la Petisa Colorada, la Petisa Amarilla y la Coni eran imparables.
“Si llueve”, alguien gritaba, y el resto completaba la frase. Así, aprendimos que realidad hay una sola; pero verdades, muchas. La lluvia puede ser aterradora y asesina de sueños o un condimento más para hacer que la aventura sea mucho más legendaria y que la infancia siga inmortal en el recuerdo.
Posdata: El año pasado, en una de las típicas tormentas de verano, de las que sacuden con sus rayos las playas de Necochea, nos cruzamos a un tío con toda su prole. Nosotros galopando a refugiarnos; ellos, encarando, entre llantos, las nubes grises. Los chicos gritaban desesperados señalando lo obvio: “Papá, ¡llueve!”. Pero él, empeñado en enseñar alguna idea de superación torcida a sus chicos, contestaba: “No, ¡no llueve!”. Y así, como él galopaba hacia la negación, yo pensaba si para sus hijos esto iba a ser una aventura más en el cuaderno de anécdotas de la infancia, ese que se saca en asados familiares, entre gritos acusatorios y risas compartidas; o un trauma de terapia desilusionada, de los que hay que elaborar para entender que tu viejo no era tan malo, y que, en verdad, estaba tratando de prepararte para lo que él cree que es la vida.