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VÍBORAS

Enero 2020

A los nueve soñé con víboras frías y de colores: verde, negro y amarillo. Todas brillantes y suaves, parecían hechas de piedra. Cubrían las paredes y el piso de la galería de la casa de Abuelo y Abuela, la del campo. Ni un centímetro cuadrado estaba libre de los reptiles. Yo avanzaba por los pasillos invadidos, pero ellas no me tocaban ni se movían para que pasara. Flotaba sobre sus cuerpos largos, fascinada por el mar venenoso y mortal. 


Me desperté de golpe, con el gusto que dejan esos sueños que te acompañan todo el día y con la sensación de que todo olía a lavandina. 


El día anterior, Abuelo había matado una víbora en la galería. Yo no la había visto, tampoco presencié la matanza. Pero sabía en qué baldosa había sido y cómo había sido. Abuelo nos lo contó durante el café después del almuerzo, mientras devorábamos el tercio del alfajor Havanna que nos había convidado y nosotros dócilmente dividido en tres. 


Mientras chupetéabamos el dulce de leche de nuestro triangulito de alfajor, Abuelo relataba la hazaña. Me lo imaginaba con su sombrero puesto, su chomba azul gastada dentro del pantalón beige, acercándose al invasor. Su arma, una pala. Despacio, se aproximaba al bicho negro. De frente al enemigo, Abuelo levantaba su arma por arriba de su hombro mientras apretaba los dientes y abría los ojos, y golpeaba el lomo de animal (no me acuerdo por qué lo hacía, pero era un paso importante en el duelo). La serpiente saltaba como un resorte desarmado a un metro del piso, y caía sobre las baldosas frías. Empezaba a moverse frenéticamente, sacudida por el ataque sorpresa. Abuelo no perdía el tiempo y remataba con un segundo golpe, esta vez con el filo de la pala, sobre el cuello (o donde creo que está el cuello -¿tienen cuello?-) y la decapitaba. La sangre manchaba paredes, y las baldosas rojas eran conquistadas por una laguna negra y viscosa, que avanzaba despacio, mientras el cuerpo de la serpiente se movía post mortem sobre su sangre. 

El alfajor seguía casi igual que cuando lo empezamos, después del primer golpe dejamos de comerlo. 

-  ¿Qué pasa si te muerde una víbora?

-   Depende si son venenosas o no. Si es una culebra no pasa nada, pero si es venenosa…

-   ¿Te podés morir?

-   Sí, pero tenés seis horas para que te den un suero contra el veneno. 

-  Ah, Necochea está a una hora, ¿no, papá?

-  Sí, además María José lo tiene acá, en el puesto, no te preocupes. 


Chupé un poco más de mi alfajor.


-  ¿Y cómo te morís? 


Los grandes habían dejado de prestarnos atención. Mi hermana me miró fijo:


-  Te vas quedando duro. Primero, no podés mover las piernas. Después, el resto del cuerpo se te va congelando, hasta que ya no podés respirar y te volvés como una piedra, todo duro. Y ahí te moriste,- dijo bien bajito y con cara de esto yo lo se y vos no y por eso te lo cuento con mímica y los ojos bien abiertos y serios para que entiendas bien y te asustes mucho.


Lo consiguió. Aterrada, busqué la mirada de los grandes para que desmintieran lo que me había dicho Sofi, pero ya habían terminado sus alfajores y cafés y estaban levantando las tazas y platitos negros para ir a dormir la siesta. Nosotros no dormíamos, nos quedábamos jugando en la galería. Cuando salimos, me acerqué a la esquina del duelo, un cuadrado de 30x30 donde a la muerte la habían borrado con lavandina. Me quedé quieta, como si la serpiente me hubiese picado, algo no me dejaba tocar el piso helado aunque quería. Traté de imaginarme la víbora negra y fría enroscada, pensé por dónde habría zigzagueado antes de que Abuelo rematase el último golpe y, por último, el charco denso y manchado de veneno. 


Sofi me llamó a jugar en la hamaca paraguaya. Me fui corriendo con el olor a lavandina en la nariz.

Víboras: Noticias

©2019 por Clara Bosch.

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