Comunicadora
ESTRELLAS DE PLÁSTICO Y CORONAS DE PAPEL DE IMPRESORA
Mayo 2020
Abajo de la cama de mi tía Loli, vivía el Oso Jacinto. Nunca lo vimos, pero sabíamos que existía. Salía de noche a buscar comida, pero era un oso bueno, no nos lastimaba nunca. Loli tenía otro amigo especial: un pececito negro que nadaba en la pileta de su casa, no me acuerdo como se llamaba. Igual, tampoco me gustaba. Un pececito encerrado en vez de en el mar. Pero Loli decía que era libre, iba y venía de la pileta al océano cuando quería. Puede que fuera verdad, tampoco lo vi nunca.
Siempre, siempre, pero siempre, antes de ir a dormir, papá nos contaba los cuentos del indiecito Juan Diego y su amiga (amigovia, a mí me gustaba el romance) Magnolia en la selva. Así, nos dormíamos colgados de lianas con el gorila Tontón o defendiendo a nuestros amigos animales de cazadores furtivos. Un amigo de papá me contó que las estrellas de plástico que brillaban a la noche en el techo, justo arriba de mi cama, las habían puesto las hadas. Un regalo para mí.
Esa fue mi infancia, llena de magia.
Pero crecí y el Oso Jacinto vive en un zoológico, Juan Diego tiene un trabajo de oficina y las estrellas de las hadas son satélites de Elon Musk. Ya casi no pienso en ellos. Dejaron de existir. Los años me están pegando, mañana es mi cumpleaños. Cuanto más crecemos, menos creemos.¿Será porque nos clavamos en la seguridad del mundo que tocamos? Preferimos la realidad conocida porque la podemos controlar. Necesitamos mandar y dominar. Nos olvidamos de que las imposibilidades existen en el mundo sensible, pero no en el imaginado. Nos limitamos, encerrados en nuestra vida de materia.
A mi perra India se le rompió una pata y la mandaron “al hospital de perros”. Durante años pedí que me llevaran a visitarla, hasta que un día mamá me dijo que murió en ese lugar, pero que no había sufrido y estaba en cielo de los perros muy feliz. Hasta los 12 años (bastante grandecita) creí que India verdaderamente había estado en el hospital. Pobre ilusa, tarde mucho en entender que mis padres nunca podrían querer tanto a un animal como para pagar facturas carísimas de sanatorios de recuperación canina. Pero no importa, en mi niñez nada era imposible.
¿Será porque en la infancia todo es desconocido? La propia imaginación es tan nueva como el mundo. No hay seguridades y no importa. El universo es tan extenso e incierto que las posibilidades son ilimitadas. ¿Quién dice que no pueden existir los amigos invisibles y las hadas? ¿Que no puedo ser una princesa con corona de papel de impresora? ¿Que no puedo ser una campeona de carreras con un caballo veloz de palo de escoba? En ese mundo, era factible que mis padres fueran extra generosos y que existiera una residencia donde India era cuidada por enfermeras mientras corría por jardines llenos de juguetes caninos (aunque yo nunca la hubiese visitado y mis amigas no tuvieran ni idea de la existencia de este lugar).
A los siete años, la noche de un 6 de enero, vi en el patio de la casa de mis abuelos a los Reyes Magos. Lo juro. Estaban los tres, pero solo me acuerdo bien de uno, tenía un vestido verde loro y un turbante naranja en la cabeza. No se dieron cuenta que los estaba espiando. No vi los camellos pero, al día siguiente, los bowls con agua y con pasto que les habíamos dejado estaban vacíos y dados vuelta. No le conté a nadie lo que vi. Entendí que teníamos un pacto secreto, yo y la fuerza que me había dejado ver a esos personajes que aunque tenían más de 2000 años no parecían pasar los 30. Así de poderosa es la magia. Sabés, en tu interior, que no la tenés que compartir con cualquiera. Hay misterios que solo pueden conocer los que los ven.
Además, ya sabía de la conspiración de los grandes: quieren imponer su mundo racional y exiliar lo fantástico. Por eso yo no podía contarles lo que vi. Si le contás a tu papá que viste un fantasma, te va a decir que es el viento moviendo una cortina. Si le tenés miedo a que un tiburón o una ballena te coma mientras dormís, cuando vayas a visitar el cuarto de tus progenitores llorando, te van explicar que vivís a 200 kilómetros del mar y que las ballenas no vuelan.
Pero vos viste el fantasma, viste la aleta de tiburón asomándose por el ropero, e igual te convencés de que tus padres tienen razón y te olvidás de lo que presenciaste. Te volvés racional. Y no te das cuenta que mataste a un fantasma, a un tiburón, a una ballena y a un hada.
Cuando dejás de imaginar, asesinás. Lo peor es que es un crimen limpio, sin testigos y sin sangre tangible. Solo se derrama en el universo mágico. Peter Pan lo dijo muy claro: “Cada vez que un niño dice «No creo en las hadas», un hada, en algún lugar, cae muerta”. Así de poderosa y frágil es la imaginación, da vida extraordinaria y sin límites, pero muere sin batallas. Lo fantástico nos supera pero depende de nosotros.
El poder de la imaginación es extenso, eterno, especial. Crea seres de todo tipo y color, con los poderes más mágicos y las características más tiernas y más aterradoras. Nos hace libres, rompe todos los límites. Nos da posibilidades. Nadie puede robar la imaginación de otro, aunque podemos compartir lo que soñamos. Es la fuerza más democrática de todas, de todos y para todos. Pero también es delicada y puede morir si la olvidan.
De regalo de cumple quiero estrellas de hadas y un corazón grande y chiquito en donde puedan entrar todos los tesoros mágicos que el mundo me quiera mostrar y que, además, nunca olvide.
ESTRELLAS DE PLÁSTICO Y CORONAS DE PAPEL DE IMPRESORA
Mayo 2020
Abajo de la cama de mi tía Loli, vivía el Oso Jacinto. Nunca lo vimos, pero sabíamos que existía. Salía de noche a buscar comida, pero era un oso bueno, no nos lastimaba nunca. Loli tenía otro amigo especial: un pececito negro que nadaba en la pileta de su casa, no me acuerdo como se llamaba. Igual, tampoco me gustaba. Un pececito encerrado en vez de en el mar. Pero Loli decía que era libre, iba y venía de la pileta al océano cuando quería. Puede que fuera verdad, tampoco lo vi nunca.
Siempre, siempre, pero siempre, antes de ir a dormir, papá nos contaba los cuentos del indiecito Juan Diego y su amiga (amigovia, a mí me gustaba el romance) Magnolia en la selva. Así, nos dormíamos colgados de lianas con el gorila Tontón o defendiendo a nuestros amigos animales de cazadores furtivos. Un amigo de papá me contó que las estrellas de plástico que brillaban a la noche en el techo, justo arriba de mi cama, las habían puesto las hadas. Un regalo para mí.
Esa fue mi infancia, llena de magia.
Pero crecí y el Oso Jacinto vive en un zoológico, Juan Diego tiene un trabajo de oficina y las estrellas de las hadas son satélites de Elon Musk. Ya casi no pienso en ellos. Dejaron de existir. Los años me están pegando, mañana es mi cumpleaños. Cuanto más crecemos, menos creemos.¿Será porque nos clavamos en la seguridad del mundo que tocamos? Preferimos la realidad conocida porque la podemos controlar. Necesitamos mandar y dominar. Nos olvidamos de que las imposibilidades existen en el mundo sensible, pero no en el imaginado. Nos limitamos, encerrados en nuestra vida de materia.
A mi perra India se le rompió una pata y la mandaron “al hospital de perros”. Durante años pedí que me llevaran a visitarla, hasta que un día mamá me dijo que murió en ese lugar, pero que no había sufrido y estaba en cielo de los perros muy feliz. Hasta los 12 años (bastante grandecita) creí que India verdaderamente había estado en el hospital. Pobre ilusa, tarde mucho en entender que mis padres nunca podrían querer tanto a un animal como para pagar facturas carísimas de sanatorios de recuperación canina. Pero no importa, en mi niñez nada era imposible.
¿Será porque en la infancia todo es desconocido? La propia imaginación es tan nueva como el mundo. No hay seguridades y no importa. El universo es tan extenso e incierto que las posibilidades son ilimitadas. ¿Quién dice que no pueden existir los amigos invisibles y las hadas? ¿Que no puedo ser una princesa con corona de papel de impresora? ¿Que no puedo ser una campeona de carreras con un caballo veloz de palo de escoba? En ese mundo, era factible que mis padres fueran extra generosos y que existiera una residencia donde India era cuidada por enfermeras mientras corría por jardines llenos de juguetes caninos (aunque yo nunca la hubiese visitado y mis amigas no tuvieran ni idea de la existencia de este lugar).
A los siete años, la noche de un 6 de enero, vi en el patio de la casa de mis abuelos a los Reyes Magos. Lo juro. Estaban los tres, pero solo me acuerdo bien de uno, tenía un vestido verde loro y un turbante naranja en la cabeza. No se dieron cuenta que los estaba espiando. No vi los camellos pero, al día siguiente, los bowls con agua y con pasto que les habíamos dejado estaban vacíos y dados vuelta. No le conté a nadie lo que vi. Entendí que teníamos un pacto secreto, yo y la fuerza que me había dejado ver a esos personajes que aunque tenían más de 2000 años no parecían pasar los 30. Así de poderosa es la magia. Sabés, en tu interior, que no la tenés que compartir con cualquiera. Hay misterios que solo pueden conocer los que los ven.
Además, ya sabía de la conspiración de los grandes: quieren imponer su mundo racional y exiliar lo fantástico. Por eso yo no podía contarles lo que vi. Si le contás a tu papá que viste un fantasma, te va a decir que es el viento moviendo una cortina. Si le tenés miedo a que un tiburón o una ballena te coma mientras dormís, cuando vayas a visitar el cuarto de tus progenitores llorando, te van explicar que vivís a 200 kilómetros del mar y que las ballenas no vuelan.
Pero vos viste el fantasma, viste la aleta de tiburón asomándose por el ropero, e igual te convencés de que tus padres tienen razón y te olvidás de lo que presenciaste. Te volvés racional. Y no te das cuenta que mataste a un fantasma, a un tiburón, a una ballena y a un hada.
Cuando dejás de imaginar, asesinás. Lo peor es que es un crimen limpio, sin testigos y sin sangre tangible. Solo se derrama en el universo mágico. Peter Pan lo dijo muy claro: “Cada vez que un niño dice «No creo en las hadas», un hada, en algún lugar, cae muerta”. Así de poderosa y frágil es la imaginación, da vida extraordinaria y sin límites, pero muere sin batallas. Lo fantástico nos supera pero depende de nosotros.
El poder de la imaginación es extenso, eterno, especial. Crea seres de todo tipo y color, con los poderes más mágicos y las características más tiernas y más aterradoras. Nos hace libres, rompe todos los límites. Nos da posibilidades. Nadie puede robar la imaginación de otro, aunque podemos compartir lo que soñamos. Es la fuerza más democrática de todas, de todos y para todos. Pero también es delicada y puede morir si la olvidan.
De regalo de cumple quiero estrellas de hadas y un corazón grande y chiquito en donde puedan entrar todos los tesoros mágicos que el mundo me quiera mostrar y que, además, nunca olvide.