Al cine celebrémoslo bien
- Clara Bosch

- 13 abr 2020
- 5 Min. de lectura
Actualizado: 26 jun 2020
Hace mucho calor, es el verano de 2015. El vestido es largo hasta el piso, negro y con un bordado dorado en la parte de abajo. Sin tiritas, los hombros descubiertos. Giro y me miro en el espejo del baño, el pelo recogido, los ojos pintados, labios bien rojos, aros robados de mamá.
— ¿Están? Dale, ¡qué ya empiezan!
Desde el cuarto escucho los gritos de las chicas, ya casi están. Bajo corriendo las escaleras, la tele está prendida. Ryan Secreast en la pantalla. La alfombra roja de la 87ª edición de los Óscar está por empezar, y tres adolescentes de 16 y 17 años, vestidas de gala de pies a cabeza nos preparamos para este evento. Así celebrábamos los Óscar.
Este año ya no me vestí, sí traté de ver todas las películas. Nada mejor que ir al cine e ir tachando las producciones nominadas que quedan por ver. Pero pasó algo raro: algunas películas ni hizo falta ir a verlas al cine. The Irishman la vi en mi computadora, en un sillón del living comiendo helado con mi novio. Me quedé dormida a la hora y media. Perdón Scorsese. La terminé de a pitadas durante la semana. Más como una obligación que por disfrute. Pero a mi modo la vi entera.
Las plataformas de streaming transformaron nuestros hábitos y cuestionaron el status quo de la industria cinematográfica. Modificaron la oferta, cambió la demanda, obligaron a los grandes estudios a buscar formas de reinventarse, e incluso varios presentaron sus propios servicios de streaming. Y como si esto no fuera conquista suficientemente extensa, Netflix apuesta por tomar los premios más glamurosos de Hollywood: los Óscar. Y lo viene logrando, no sin crear un tiroteo de opiniones en el mundo audiovisual.
La única condición en cuanto a la distribución de una película para poder ser nominada es ser exhibida en un cine de Los Ángeles y estar en cartelera en un mismo cine comercial por al menos siete días. Netflix alquiló el cine París en Nueva York para poder presentar sus películas (estrenadas en simultáneo de forma online) y participar en los Óscar. Pero en las carteleras de cine en Argentina, por ejemplo, casi no vimos ni a Roma, ni a The Irishman, ni a A Marriage Story. Parece medio ridículo, ¿no?
Aclaremos que por la pandemia, la edición 93 de los premios de la Academia permite que se presenten películas estrenadas online, sin pasar por los cines, sí, y solo sí, tenían fecha de lanzamiento en salas que tuvo que ser cancelada por el Covid-19.
Es innegable que hay un cambio en las formas de consumo: el 54 % de los adultos norteamericanos prefiere ver películas en su casa, el 19 % ve películas en streaming todos los días. La principal demanda está en la computadora, en el teléfono y en la tablet, no en las pantallas gigantes. Si los Óscar quieren seguir siendo relevantes en la industria, no les queda otra que adaptarse. Hay que agregar que la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas fue fundada en 1927 con el fin de crear un grupo organizado para beneficio de la industria del cine. Si la industria cambió, ¿a la Academia no le toca flexibilizarse para cumplir con su misión?
Sin embargo, hay un valor fundamental que esta regla parece preservar: la experiencia del cine. La luz que se va apagando de a poco hasta dejar la sala en oscuridad justo antes de que la pantalla gigantesca se ilumine con la película, el sonido que envuelve, tan fuerte que se siente en los asientos, los pochoclos, la somnolencia que queda cuando todo acaba y las luces se prenden, después de dos horas en las que el celular no importó. Y mientras afuera todo sigue, en esas cuatro paredes uno se sumerge en un mundo aparte, de tiempos que frenan, vuelven, saltan y dibujan lo que quieren. Dos horas de sentir, dos horas ininterrumpidas de arte. No hay mejor lugar para apreciar una película. Es el canal donde las cualidades de este arte se expresan y expanden mejor que en ningún otro. Y si los Óscar pretenden celebrar lo mejor de la industria, ¿cómo no van a defender la mejor experiencia?
Christopher Nolan, director de grandes éxitos como Inception e Interstellar, sostiene que el cine se trata del público, de la experiencia compartida. Agrega que da algo que no da ningún otro medio: “Una tensión fascinante y maravillosa y un diálogo entre esta experiencia intensamente subjetiva que tienes a partir de las imágenes que el cineasta ha puesto ahí y el hecho extraordinariamente empático de compartirlo con la gente que te rodea. Es un medio excepcional por eso y eso es lo que lo define. ¿Qué es una película? La única definición de una película, realmente, es que se presenta en un cine”.
Frente a un texto de cualquier tipo, audiovisual incluido, el lector (espectador en este caso), extrae el sentido de la obra. Yuri Lotman en Estructura del texto artístico explica que una obra de arte comunica a cada lector lo que él necesita y puede asimilar. Hay múltiples interpretaciones, dependen de cada destinatario. Por su parte, Hans-George Gadamer sostiene que el lector establece un diálogo con el texto para extraer el sentido a través de un acuerdo. Otros lingüistas y teóricos también explican la importancia del contexto en el acto de la comunicación. Roman Jakobson, por ejemplo, lo señala como una de las partes fundamentales de su modelo de comunicación. La lectura que hagamos de un acto comunicativo cambia según la situación que la rodee. No vamos a apreciar de igual manera, ni entender el mismo mensaje de una película si la vemos en el cine o si la consumimos en una pantalla de 15 cm x 25 cm. Hace unos días, alguien me dijo que creía que era la única persona que no le había molestado la extensión de The Irishman, y que la consideraba una de las mejores películas, porque era de los pocos que la había visto en el cine.
Además, si bien aumentó el consumo en streaming, el cine sigue siendo una elección fuerte para muchos. En la Argentina, el año pasado, se vendieron 47 millones de entradas. En Estados Unidos, 1240 millones. Estos números se mantienen constantes en los últimos años. Sí, miramos más películas online, pero esto no le quita espacio al cine, simplemente consumimos mucho más contenido.
Si vamos a celebrar el cine, celebrémoslo en serio. Permitamos que las películas de streaming puedan presentarse, talento hay, ya se vio en Roma, A Marriage Story, The Irishman, Sergio, y muchas más, no hay por qué limitarse. Pero que no se prive a los espectadores de festejar el cine como se debe: con pochoclos, buena compañía y con nuestra atención completa. Ya lo dijo David Lynch: “El cine es una hermosa experiencia cuando es compartida. Es mejor en la pantalla grande. Es la manera de entrar en un mundo”. Netflix y demás plataformas, si quieren saquen sus películas on demand y en cartelera a la vez, pero déjenos apreciar las joyas como se deben.
* Nota escrita para la materia Géneros y Estilos Creativos de la carrera Licenciatura en Comunicación Social de la Universidad Austral.



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