Noche de trofeos, muerte y hamburguesas
- Clara Bosch

- 18 mar 2020
- 11 Min. de lectura
Actualizado: 26 jun 2020
La madrugada del 18 de enero, Fernando Báez Sosa era asesinado a golpes por un grupo de diez chicos. A casi tres meses de su muerte, el dolor de la familia continúa conmoviendo a la sociedad y los jóvenes de Zárate esperan en el Penal Melchor Romero al juicio que determinará su destino.
Villa Gesell, frente al boliche Le Brique - Sábado 18 de enero 4:46 AM
— ¿Te lo querés llevar de trofeo?
Máximo Thomsen (20) exhibe a un joven, con el torso desnudo y casi inconsciente, agarrándolo del cuello. Le da una patada en la boca y el chico cae para atrás, no se levanta.
En la vereda de enfrente al boliche Le Brique, Máximo y sus amigos del club Náutico Arsenal de Zárate, donde juegan al rugby, atacan a piñas y patadas a Fernando Báez Sosa (18) y a su amigo Tomás, quien intenta defenderlo. Los otros amigos de Fernando tratan de ayudar, pero cada vez que se acercan, alguno de los agresores frustra sus intenciones con empujones.
— A ver si volvés a pegar, negro de mierda — grita Matías Benicelli, de 20 años.
— Dale, cagón, levantate — increpa Máximo a Fernando mientras le pega puntinazos.
Los días siguientes, la agresión será tapa de todos los diarios nacionales. Y la cara de los diez jóvenes será compartida miles y miles de veces en redes sociales. Los rugbiers asesinos. Si supieran.
Solo dos de los diez chicos no participan: Alejo Milanesi (20) y Juan Pedro Guarino (19) miran la golpiza a escasos metros. Pero esto se sabrá muchos días más tarde, Alejo y Juan Pedro serán detenidos con sus amigos, hasta que 20 días más tarde, el 10 de febrero, serán excarcelados por falta de pruebas contra ellos, pero seguirán (al día de hoy continúan) vinculados en la causa y bajo investigación. Los otros ocho, los hermanos Ciro (19) y Luciano Pertossi (18), su primo Lucas Pertossi (18), y sus amigos Máximo Thomsen, Ayrton Viollaz (20), Blas Cinalli (19) y Matías Benicelli continuarán detenidos: primero en el penal de Dolores y, luego, en la Unidad 29 del penal Melchor Romero.
Máximo le da la patada final y Fernando se derrumba inconsciente.
— Dale, cagones, vamos — le dice a sus amigos. Se van, tranquilos, abrazándose; hay policías por la zona pero nadie los frena. Atrás, con la cara destruida y un pulso que apenas lo mantiene vivo, queda Fernando.
Los amigos de Fernando están en shock, algunos lloran, otros llaman a la ambulancia desesperados y uno le pide ayuda a los patovicas de Le Brique, pero estos no hacen nada. Virginia Pérez (17) se acerca a tratar de ayudar, le conmueven los amigos que se sacaron las remeras para intentar abrigar el cuerpo semidesnudo de su amigo. Como ellos, había salido a bailar sin pensar que quedaría metida en el crimen que sacudirá el verano argentino. El calor y la cantidad de gente que había dentro del boliche la obligaron a salir, se sentía mal. Desde la vereda de enfrente vio toda la pelea y ahora se acerca ayudar. Al ver a Fernando inconsciente, recuerda el curso de reanimación cardiovascular que la Cruz Roja dictó en su escuela, pone la mente en blanco y, con sangre fría, comienza a practicarle RCP.
Pero se cansa; entre ella, un policía y el hermano de la kioskera de la calle aplican las maniobras de reanimación por media hora, eso es lo que se demora la ambulancia en llegar. “Tenía pulso pero la ambulancia tardó mucho”, dirá después Virginia.
Recoleta, Avenida Pueyrredón al 1800 - 6:00 AM
El despertador inunda la habitación, en la madrugada, el calor porteño aún no es insoportable. Silvino Báez, sale de la cama que comparte con su mujer, Graciela Sosa, para empezar otro día de trabajo como encargado del edificio, puesto que ocupa desde el año pasado. Son los dos inmigrantes paraguayos, Silvino trabajó un tiempo en construcción, pero después de un año de desempleo, decidió cambiar de rubro. Ahora vive en Recoleta con su mujer y su hijo, nacido en Argentina.
De repente, el celular de Graciela suena. Todavía con el sueño colgando, atiende mientras intenta encontrar sus anteojos, sin ellos no puede distinguir el nombre en la pantalla.
—¿Qué estás haciendo? — dice una voz aún anónima de mujer.
A Graciela la pregunta la incomoda un poco, desde su intimidad, responde que se está levantando para trabajar.
— A Fer lo tuvieron que llevar al hospital.
Graciela empieza a temblar.
— ¿Cómo? — está intentando entender: su único hijo está de vacaciones, disfrutando con amigos de la playa, a casi 400 kilómetros de donde está ella, ¿cómo que estaba en un hospital? La voz le da un número para que llame, Graciela, probablemente creyéndole a medias, busca una birome.
La llamada a ese número de Villa Gesell no sale, los Báez Sosa tienen bloqueadas las llamadas a larga distancia. Graciela busca su celular, y en él, el contacto de un amigo de Fer.
—¿Qué sabés de mi hijo? ¿Qué le pasó? ¿Cómo es eso de que está en un hospital? — las preguntas se le amontonan en la boca y en el corazón, pero quedan sin respuesta. La llamada se corta.
El miedo le apretará todo el cuerpo mientras llama a otro amigo de su hijo, pero él tampoco le puede decir nada. Marca otro número:
— No pude acompañar a Fer.
El llanto de Julieta Rossi, la novia de su hijo, la habrá sentado en la cama. Le pregunta que cómo que no pudo, la chica le contesta que está en la comisaría.
Graciela busca ropa para armar un bolso, de enfermera personal. No sabe cuántos días tendrá que acompañar a Fer, agarrará un par de remeras y algún abrigo, para aguantar el frío de hospital
Pero el teléfono suena de vuelta.
El comisario de la Comisaría 1° de Villa Gesell.
Graciela le pasa el teléfono a su marido, le pide que hable él. Ella ya no puede.
Silvino lo toma. Solo dice “sí”. Una, dos, tres veces. Graciela, lo estará mirando congelada, tratando de entender qué afirman esas dos letras, dichas en loop por su marido.
— ¿Qué te dijo?
Silvino no contesta, quizá mira el piso para no enfrentarla.
— ¿Qué te dijo? — repite, probablemente en un grito, Graciela.
El silencio será de los que se clavan en los oídos y pinchan el estómago. Quizá esos son los segundos que Silvino necesita para buscar las palabras, mirar a su mujer y decírselo:
— Fernando está muerto.
Villa Gesell, Boliche Le Brique - 1:40 AM
Julieta Rossi está en la puerta del boliche Le Brique con un grupo de amigas. Vino a Villa Gesell por unos días, ella está veraneando en Pinamar con su familia, pero este fin de semana es especial. El domingo cumple diez meses de novia con Fer, y quieren celebrarlo. Ya planearon todo: van a comer panqueques caseros en la playa viendo el atardecer. Ella le escribió dos cartas que le va a dar.
Fer y Juli fueron al mismo colegio, y hacen de todo juntos. Los dos estudian Derecho en la UBA, el año pasado cursaron el CBC, son una buena dupla: ella toma apuntes y él hace los resúmenes.
Adentro de Le Brique hay poca gente. Julieta y sus amigas se encuentran con Fer y sus amigos, todos del Colegio Marianista. La noche sigue como cualquier otra: música, baile, amigos. Son las tres. En el boliche ya casi no se puede caminar, en una hora el lugar se llenó.
— Te amo. Después te vengo a buscar — le dice Fer, hoy toca Neo Pistea en la pista principal y quiere ir a escucharlo.
Fer y tres amigos escuchan al artista. Se acercan a la barra a los empujones, todos se mueven así en el lugar, sino, no se puede avanzar. Se arma un pogo. La pista entera salta, Fer y sus amigos se suman. Pero sin querer, uno choca con un chico. Este no se toma bien el topetazo accidental, y los amigos de él tampoco. Vuelan las primeras piñas entre los amigos de Zárate y los chicos del Colegio Marianista. Un amigo de Fer le dice a uno de los contrarios que nos les conviene pelearse, porque los van a echar a los dos.
— El problema no es con vos, es con tu amigo, me voy a quedar a esperarlo — le contesta uno de los otros. Siguen los golpes.
No es algo raro, en Zárate, el grupo es conocidos: “Siempre hubo problemas con ellos. Tienen la particularidad de ponerse locos enseguida”, dirá un joven de allí de 18 años en una marcha en la ciudad pidiendo justicia por Fernando. “Siempre que hay peleas los fines de semana en los boliches, hay un Pertossi involucrado. Son violentos y les gusta el bardo", agregará otro.
Como predijo el amigo de Fer, a los chicos de Zárate los echan del boliche. Pero antes de salir, mientras los sacan a los empujones, uno de ellos, Máximo Thomsen, el que luego dará la patada final, amenaza a Fernando: lo mira fijo y desliza la mano por el cuello, como un cuchillo.
A Fernando también lo expulsan, pero él sale tranquilo, de la pelea solo le queda la camisa rota. Algunos de sus amigos lo acompañan, son gamba, no lo van a dejar solo. Afuera, cruzan la vereda y Fer se compra un helado de palito en el kiosco. Charlan despreocupados, para ellos la pelea del boliche quedó en el boliche. Pero para los rugbiers, no.
Una trompada por la espalda deja a Fernando en el piso. Mientras Lucas Pertossi filma, su primo Ciro Pertossi da el golpe que desata el juego mortal.
Villa Gesell, Mc Donald’s - 05:47 AM
Lucas Pertossi come su cuarto de libra en silencio. En frente suyo, Máximo Thomsen hace lo mismo. Sin prisa, ¿en qué pensarán? Lucas se quedó cerca de Le Brique después del ataque. Vio todo: los amigos de la víctima en shock, la policía, los intentos de la chica rubia de mantenerlo vivo con RCP.
La mitad de sus amigos volvió a la casa que habían alquilado. Entraron sin ni siquiera abrir el portón. Lo saltaron. Los otros esperaron frente al supermercado Marina y tuvieron el primer encuentro con la policía. Sin saber qué hacer, Luciano, Ayrton, Ciro, Máximo, Blas y Alejo intentaron esconder los signos de la pelea. Ciro se chupó los dedos ensangrentados con ¿su sangre o la de Fernando? Pero la policía no pareció darse cuenta. Siguieron su rumbo.
Minutos más tarde, todos, incluido Lucas, regresaron a la casa. Máximo y Lucas se cambiaron de ropa y decidieron ir al Mc Donald’s. Antes de salir, participaron de la selfie que sacó Blas con su celular. Puras sonrisas, unos chicos de vacaciones con amigos a la vuelta del boliche, ¿coartada o frialdad asesina?
Lucas agarra una de las papas con cheddar, ¿se acordará de la cara ensangrentada del chico al que golpearon? Toma su celular y le saca una foto a Máximo, casual, la manda al grupo de Whatsapp Losdelboca3, el mismo en el que había avisado que el chico había muerto. “Caducó”. Desde las 04:55 creen que ya no vive. Sin embargo, Fernando no falleció en la vereda donde lo dejaron, sino en el Hospital IIlia.
Máximo lo copia. Le saca una foto y la sube en el grupo: Lucas, con una chomba rayada azul y blanca, mordiendo su cuarto de libra. 05:49.
Ruta entre Zárate y Villa Gesell - 11:00 PM
Entre Zárate y Villa Gesell hay 470 kilómetros. Más o menos cinco horas y media de viaje. Pablo Ventura los recorre esposado, en el asiento de atrás de un móvil de la policía. Su papá los sigue de atrás, en su Peugeot 208 blanco.
— Sin pensar, decime si estuviste en Villa Gesell — le preguntó un policía cuando lo detuvieron.
Pablo ya sabe lo que pasó en la ciudad costera, un amigo le mandó una nota del diario con la noticia por Whatsapp, ¿pero qué tiene él que ver en esto? Ninguno de los policías se lo explica. A los 10 chicos los conoce de vista, una vez lo habían bardeado desde un auto, por ser remero, en el club hay pica entre los rugbiers y los remeros, pero nada más.
Más tarde se enterará que uno de los agresores, cuando los estaban deteniendo, dijo que la zapatilla ensangrentada talle 42, con la que le patearon la cabeza a Fernando, era de “Pablo Ventura”. Pablo calza 49. También sabrá que los jóvenes se burlaban de él constantemente en el grupo de Whatsapp, hasta con memes.
En Gesell lo esperan tres días detenido en una celda donde deberá defender su inocencia, aunque la policía no le crea y los medios lo señalen como el que le pegó la patada asesina a Fernando. El 21 de enero, será liberado, y el 4 de febrero, será sobreseído.
Pero la tortura está recién empezando. Cuando llegue a Gesell le explicarán que está acusado de matar a un chico y haberse fugado en un Peugeot 208 blanco con la ayuda de su papá a las 7:30 de la mañana. En verdad, estaba en su casa durmiendo, después de una cena con su familia en la parrilla La Querencia y de haberse juntado con sus amigos en el departamento de uno.
Villa Gesell, Alameda 203 - 10:39 AM
— Está la poli. Salgamos.
El mensaje de Blas cierra la actividad del grupo de Whatsapp losdelboca3. Matías es el que abre la puerta, la policía lo reconoce por videos de las cámaras de seguridad: el chico del rodete. La policía detiene a los 10 jóvenes, casi todos en traje de baño y descalzos. En el piso, con la cara contra el pasto o la galería de la casa y las manos detrás de la espada, esperan que la policía los espose.
Penal Melchor Romero - 21 de abril
Divididos en cuatro celdas para dos personas en el pabellón 6 del penal Melchor Romero, aislados de los otros presos, los chicos esperan el juicio entre juegos de cartas, libros y alfajores y chocolates. Por la pandemia, no pueden recibir visitas de sus familiares, solo se comunican con ellos mediante el teléfono público del pabellón. Si bien su abogado, Hugo Tomei, apeló la resolución del juez David Mancinelli en la que dictaba prisión preventiva para los jóvenes, la Cámara de Apelaciones rechazó la solicitud. Además, la defensa también había pedido que se aparte a la fiscal Verónica Zamboni de la causa, este medio también fue denegado. Están acusados por homicidio doblemente calificado por alevosía y por el concurso premeditado de dos o más personas y por las lesiones que sufrieron los amigos de Fernando.
Al principio, los otros presos les gritaban cosas por la ventana y cuando salían al patio. A la cárcel llegaron con miedo. Lloraban, mucho. Ahora ya no tanto, se están acostumbrando.
Hoy
El muro de Twitter de Julieta es una carta de amor y dolor dividida en textos de menos de 280 caracteres. Fotos abrazando a Fernando, videos comiendo torta juntos, escritos de un corazón destruido, deseos de feliz cumpleaños que no fueron. También invita a las marchas, las que encabeza, junto a Graciela y Silvino, entre lágrimas y carteles de “Justicia por Fernando”. Esos afiches son iguales a los que usó para empapelar las calles de Recoleta en enero.
— Ni agarrarle la mano pude, ni verlo en el hospital — dijo una vez. El día del ataque, Julieta esperó afuera del hospital, tirada en pasto, envuelta en una campera roja de Fernando. Esa campera la acompaña a todos lados. Allí le dijeron, a las siete de la mañana, que su novio estaba muerto.
A Fernando lo enterraron en el Cementerio de Chacarita. Ella va a visitarlo siempre que puede, siente que si no él está solo. Le lleva flores, comida, a veces le habla o se queda mirando. También va a la casa de los Báez Sosa. Se sienta en la cama de Fer y charla con Graciela. No se anima a revisar las cosas de su novio, le hace mal. Al principio llamaba a su celular, a la madrugada. Lo extrañaba. Lo extraña.
Su noviazgo lo tiene guardado adentro de una caja de zapatillas naranja: un cuadrito con una foto de ellos que él le regaló, un álbum de fotos con las iniciales de ambos, un cinturón de cuero, el perfume favorito de Fer, una carta de amor que él le escribió y unos vales que él le regaló por su cumpleaños, escritos a mano. “Vale que Fer se quede si se tiene que ir”.
* Nota escrita para la materia Géneros y Estilos Creativos de la carrera Licenciatura en Comunicación Social de la Universidad Austral.



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