Costa Esperanza, Costa del Lago y 8 de mayo: sobrevivir entre la basura
- Clara Bosch

- 26 abr 2019
- 6 Min. de lectura
Actualizado: 26 jun 2020
En el municipio de San Martín, más de 10 mil personas viven sobre un basural sin agua corriente, electricidad, gas ni cloacas. Familias enteras subsisten en los asentamientos Costa Esperanza, Costa del Lago y 8 de Mayo, acechadas por las enfermedades que traen la contaminación del agua, aire y suelo.
Lo primero que se siente es el olor. El olor a basura quemada se mete por la nariz y golpea. Humo mezclado con podredumbre, una bomba que sacude cualquier apego a lo conocido. El cielo celeste se destiñe de a poco. Las columnas de humo no son negras: marrones y blancas, trepan gigantes y cubren todo. Se escucha la Autopista Camino Parque del Buen Ayre detrás de las montañas de desechos, pero no hay rastro visible de ella.

“Cuando construyeron la autopista, cavaron al costado de la ruta para sacar tierra y tosca. Ese pozo se llenó de agua después de una inundación: se formó una laguna,” explica Mateo Carmona, un estudiante de psicología que trabaja en el Organismo Provincial de Integración Social y Urbana (OPISU), la entidad provincial que busca integrar asentamientos del conurbano a los municipios a los que pertenecen. Añade: “La laguna llegaba hasta la calle Las Petunias, pero se fue rellenando con residuos y tierra. Todo este barrio está construido sobre basura.”
En el municipio de San Martín, hay un asentamiento con tres barrios informales fundados sobre estos desechos: Costa Esperanza, Costa del Lago y 8 de Mayo. Las calles del primer barrio, Costa Esperanza, son anchas. En algunas cuadras hay zanjas a los costados y veredas desprolijas. Las casas son bajas y como un trabajo de patchwork, se entremezclan viviendas de ladrillos, revocadas y prolijas, con otras con rejas improvisadas y techos de chapa. En los patios de las casas o sentados en sillas en la vereda, las familias se reúnen para disfrutar un tranquilo domingo.El reggeatón acompaña la tarde: la música sale fuerte de algunas casas o de autos que pasan con las ventanas bajas. Mirando rápido, parece un barrio de clase media con algunas carencias, pero la realidad es otra.

Si se presta atención, se pueden descubrir caños negros que salen desde la tierra: son parte del sistema informal de agua. Los vecinos “se cuelgan” a la red de AySA de las casas que rodean al barrio. La empresa de agua no llega a estas cuadras. En muchos casos, los tubos están pinchados, y el agua se contamina, el suelo está hecho de basura y tierra. Tampoco llega Edenor, la empresa de energía eléctrica. El cielo azul está atravesado por marañas de cables negros que penden de postes de maderas. Estos cables también están conectados ilegalmente a la red formal de luz. Carmona señala un poste partido, víctima de una gran tormenta. Los vecinos lo arreglaron como pudieron.
En el patio de su casa, Norma pasa la tarde con su hija y su perro. Saluda a los gritos y sale a la calle a charlar. No para de hablar. Avisa que a las cinco va a haber una misa de domingo en la placita, abajo de las torres. Las torres de electricidad son gigantes de alta tensión que se dice que causan cáncer. Pero las personas siguen viviendo debajo de ellas. También hacen imposible la llegada de la red formal de electricidad: los vecinos cuentan que Edenor se niega a llevar su servicios a viviendas que estén dentro de los cincuenta metros que rodean estas construcciones. Es por una cuestión de salud y seguridad.

En la mayoría de las cuadras, hay un merendero. María Monges se ocupa del comedor comunitario “Vivan los sueños felices”. En él, 116 chicos reciben merienda y almuerzo. Monges dice que ella quiere empezar a darles también comida a la noche. Es difícil. La comida sale plata, pero el gran problema es el gas. El barrio no cuenta con una red de gas: se usan garrafas. En el comedor, hay una gran garrafa, pero llenarla sale alrededor de 2200 $. Los días que la garrafa está vacía, el comedor no abre.
Siguiendo el recorrido, las calles se vuelven más angostas y oscuras. Se cierran sobre el cielo edificios de ladrillo de casi tres pisos. Todavía entran autos, pero las veredas y zanjas desaparecen. El pasto y los pocos árboles de Costa Esperanza se esfuman a medida que se entra al barrio Costa del Lago. El trazado prolijo de calles se pierde, distintos caminos se entrelazan en diagonales y calles sin salida que trepan hasta los bordes del asentamiento.
La atmósfera se vuelve naranja y ruidosa. Pocas casas y edificios tienen patio adelante, la gente se reúne afuera. La música se escucha más fuerte que en Costa Esperanza, y unos mash-ups improvisados golpean los oídos. Cumbias, reggeatones y cuartetos se apilan, junto con charlas, risas y gritos en guaraní. Unos chicos cruzan al trote sobre un caballo, otro corre detrás con un rebenque improvisado. Se ríen.
Los perros se cruzan en el camino, uno renguea, otro mueve las orejas llenas de llagas. Hay tantos animales como chicos jugando en las calles. Un perro entra a una casa baja y de madera. Es de las pocas de una sola planta y de este material. Tiene un patio adelante cerrado con rejas. Es la casa más precaria de toda la cuadra: con un soplido se desarma. La familia se reúne en una mesa larga en el patio. Hablan y ríen estridentemente. Afuera de la casa, hay un carro de madera. El jefe de familia es un carrero. Los carreros son los que llevan adelante el sistema informal de recolección de basura. Reciben una propina de los vecinos y ellos llevan los desechos a las montañas al borde del barrio.
Los asentamientos se encuentran separados del Complejo Ambiental Norte III por la autopista. Este relleno sanitario del CEAMSE es uno de los más grandes de Latinoamérica. Fuente: Google Earth
El olor a podredumbre resurge, el efecto anestésico de caminar por el barrio desaparece con este nuevo golpe a la nariz. En los límites del barrio con la laguna, las casa vuelven a ser bajas. El olor es insoportable. Ya no se oyen tantos gritos, atrás quedó el centro, pero un zumbido eterno aparece: son las moscas. Moscas incansables de basura que se posan en los brazos y se enredan en el pelo. Por primera vez, los ojos entienden el horror de vivir sobre un basural: eso es lo que hay debajo de las casas. La tierra empieza a mezclarse con los plásticos y desperdicios. Un precipicio cae a “la laguna”. Es difícil llamarla laguna. Es más bien un charco de agua sucia, casi imposible de distinguir entre las montañas de basura y los fluidos oscuros de los desechos.

Al borde del precipicio, hay una casa en construcción. Es un cuadrado de ladrillo con un muro de un metro. Entre las moscas, un hombre joven construye su hogar. Contra una pared, sentada y cebando mate, su mujer distrae a su pequeño hijo. Ella levanta la mano y saluda desde atrás de su pequeña fortaleza. Una casa firme y duradera sobre una montaña de basura.
A escasos metros del futuro de esta familia, hay una cubo de ladrillos que se balancea en la pendiente del precipicio. En una fuerte tormenta, una casa rodó. El techo quedó en el lugar del piso, y el piso, en el del techo. Nadie murió. La familia construyó una choza enclenque de madera y chapa más arriba, colgada de la ladera. El piso construido en diagonal, como si fuera una rampa.
El olor es insufrible. Diez minutos no es tiempo suficiente para bloquear los sentidos, pero sí para superar el límite de tolerancia del cuerpo. El recorrido sigue por una calle “paralela” al límite (ninguna vía es geométrica en este lugar). “Acá desbarataron un búnker de droga el año pasado”, dice Carmona mientras señala un terreno vacío con un cartel que señala “Terreno recuperado del narcotráfico”. Esta es la puerta de entrada a “Las Cañitas”, la zona de la droga. La cocina desapareció, pero el narcotráfico se mudó hacia el interior.
En septiembre del año pasado, cinco personas fueron detenidas en el allanamiento del búnker de droga. Créditos: Policía Imágenes
Empieza a oscurecer y el barrio deja de ser un lugar seguro. Pasando el canal José Ingenieros, atrás quedan iluminadas por el atardecer y decoradas por las columnas de humo, las villas Costa Esperanza, Costa del Lago y 8 de mayo.
* Nota escrita para la materia Géneros Periodísticos de la carrera Licenciatura en Comunicación Social de la Universidad Austral.



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