Un mate dulce tras las rejas
- Clara Bosch

- 19 jun 2019
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 26 jun 2020
En la Unidad 48 del Penal de San Martín, los presos viven hacinados y entre cucarachas. Sin embargo, no dejan de estar agradecidos por los pequeños detalles de la vida y esperan con ansias el momento de reencontrarse con sus familias.
“Prohibido ingresar con llaves, soga y tanza; armas y explosivos; medicamentos, electrodomésticos”. Pintada sobre la puerta gris, en blanco y con letra de carnicería de barrio, la lista de prohibiciones sigue. Cristian, el guardia de la entrada, pide los documentos y la bolsa de medialunas, entra a la casilla de vigilancia. Los documentos se quedan con él hasta el final de la visita, las medialunas vuelven en la bolsa rota. El oficial abre una reja y se acerca a la puerta gris, destraba el pasador.

El Penal de San Martín, ubicado sobre el Camino del Buen Ayre, en la localidad de José León Suárez, está formado por tres unidades: la 46, la 47 y la 48. Es un establecimiento a cargo del Servicio Penitenciario Bonaerense (SPB). En la Unidad 48, un pasillo tipo galería es el camino de entrada. De repente, el corredor se vuelve oscuro, un túnel con dibujos en las paredes y dos puertas de metal cerradas con gruesos candados a la derecha. La luz entra por el principio y final del pasadizo.
La escena se repite varias veces: el pasillo oscurecido, las caras expectantes apretadas contra las rejas. Los guardias frenan frente a una de esas puertas, sacan una llave y abren otro candado. Del otro lado, varios internos esperan formando una fila espontánea para saludar con beso y presentarse con su nombre. Los oficiales cierran la puerta y dejan a las visitas encerradas con los presos.
Cada pabellón tiene una cocina, un patio y 18 celdas. En la cocina, una olla gigante llena de agua hierve sobre la hornalla. Cachete vigila la comida, explica que a cada preso le dan una bandeja de comida, pero las juntan todas para hacer algo más grande. “Sino no alcanza”, justifica el recluso.

En cada módulo entran 36 presos, “pero acá somos 75”, cuenta El Chino. Él está acá hace seis años, pero no es su primera vez. Reincidió varias veces, la última vez cayó con su hermano de 19 años. Dice que no va a volver, que Espartanos, el proyecto que busca llevar el rugby a distintos penales del país, lo cambió. “La buena compañía te contagia”, explica.
Chino muestra su celda, oscura y chica, con suerte entra un cucheta corta y baja. La ventana está tapada por un trapo grueso y azul. Dos metros por dos metros para tres personas y un baño, que es un pequeño cubículo. Los que duermen de a cinco arman una especie de altillo, apoyándolo sobre la pared del baño. El quinto colchón lo meten donde pueden.
Por las paredes del pabellón, caminan cucarachas. Los presos cuentan que duermen con papel de diario en los oídos para que no se les metan. Tienen también una gata, probablemente ayude con las ratas.
Al patio lo separa otra gruesa puerta de metal, a las seis de la tarde los guardias la cierran. Los presos cambiaron el cemento por murales de colores. Utrón, un recluso artista, dejó su marca: su yaguareté opaca las otras obras de arte. “Es el único felino que no le tiene miedo a los cocodrilos”, explica.
En el patio, hay cerca de 40 reclusos alrededor de una mesa con un mantel de plástico. Tres mates dulces giran por la mesa, los presos se los ofrecen primero a las mujeres y después a los hombres de la calle. Después de un rato, llegan dos presos llevando bandejas con las medialunas cortadas. Todos atacan la comida.
En el penal de San Martín se da una situación particular: en 2009, la Fundación Espartanos llegó a la Unidad 48. Desde la organización explican que buscan “bajar la tasa de reincidencia a través del rugby, la educación, el trabajo y la espiritualidad”. Ya son 4 los pabellones donde se practica este deporte, y donde todos los viernes colaboradores de la fundación van a rezar con ellos. Estas unidades son distintas al resto: hay reglas, se prohibió la droga, y el compañerismo y las ganas de un futuro emana de todos los presos.

Kevin pide silencio para comenzar, los cuarenta hombres lo miran atentos. Lee de un cuadernillo una explicación del misterio del Rosario, la oración católica que Espartanos transformó en rutina. Va lento, se traba un poco pero todos lo esperan. Carlos pide por las personas de la calle y los que no tienen un plato de comida y “por una pronta libertad”. Otros suman sus intenciones. Todos terminan: “Por una pronta libertad”.
Después de un silencio, Sergio pide por su papá, “donde quiera que esté: si está vivo, genial, si ya no está, que se yo”. Le quiere agradecer que lo hizo duro y frío, porque así “se puede bancar cosas que otros no podrían”. Quizá los golpes eran su forma de hacerlo más fuerte. En vísperas del Día del Padre, piden por sus papás o por los que hicieron de padre: abuelos, padrinos, abuelas o madres. Algunos piden con la cabeza baja y los ojos mojados por sus hijos.
Dos guardias se acercan por el pasillo y abren la puerta. De camino a la salida, distintas manos saludan desde atrás de las puertas. Los de la calle se detienen a despedir a los que se quedan.
En la salida, Cristian espera con la puerta abierta. Cuando ya salen todos, entra a la casilla y entrega a cada uno su documento. Desde la autopista, la fortaleza se ve cada vez más pequeña y borrosa, hasta que desaparece confundida con el cielo gris del viernes lluvioso.
* Nota escrita para la materia Géneros Periodísticos de la carrera Licenciatura en Comunicación Social de la Universidad Austral.



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